Por Felipe Zarruk
Docente UDES
Las noticias falsas no nacen en la calle. Nacen en una sala de redacción, en un grupo de WhatsApp de editores, en la cabeza de un periodista que decide que la verificación es menos urgente que la primicia. Y eso, colegas, es lo que nos está quebrando el oficio. Yo empecé en máquinas de escribir. Si uno se equivocaba, tocaba arrancar la hoja y empezar de cero. Hoy nos equivocamos, le damos “publicar”, y si alguien reclama, borramos el trino y pedimos disculpas con letra chiquita. El daño ya está hecho. La mentira corrió con tenis; la rectificación llega en muletas. El problema no son los trolls. El problema somos nosotros cuando confundimos rapidez con verdad. Cuando el jefe de redacción dice: “publique y sáquelo ya” y nadie en la mesa pregunta: “¿está confirmado?”. Cuando una captura de pantalla sin fuente se vuelve titular porque “está en redes” y “todo el mundo lo está comentando”. Todo el mundo también comentaba que la tierra era plana. Y no por eso abrimos sección de geografía alternativa.

Hay una regla vieja: dos fuentes independientes o no hay nota. La cambiamos por otra: un influencer indignado y tres comentarios alcanzan. Así terminamos amplificando montajes, videos de 2018 como si fueran de ayer, audios de “una prima que trabaja en la clínica”. Le ponemos el cintillo de “última hora” a un rumor y después, cuando la Policía desmiente, sacamos la aclaración a las 11:45 de la noche, entre el horóscopo y el estado del tiempo; entre gallos y medianoche. No es ingenuidad. Es modelo de negocio. El clic paga la nómina. Y la mentira, bien empaquetada, da más likes que el dato frío. “Gobierno prohibirá los celulares” vende más que “Gobierno estudia regulación del uso de celulares en los colegios”. “Jugador llega borracho al entrenamiento” rinde más que “Jugador tuvo permiso médico y se está recuperando”. Entonces estiramos, insinuamos, titulamos con signo de pregunta para lavarnos las manos: “¿Se acaba el fútbol colombiano?”. No, no se acaba. Se acaba la vergüenza.
Y ojo, que no escribo desde la torre de marfil. Yo también he metido la pata. También publiqué una vez que un técnico había renunciado porque “me lo dijo alguien de adentro del club”. No había renunciado. Me llamó, con razón, y me dijo: “Zarruk, usted me enterró sin muerto”. Tenía razón. Desde ese día cargo un papelito en el teclado: “Si dudas, no lo saques. Si no dudas, duda otra vez”.
La audiencia no es tonta. Nos está cobrando, nos deja de creer, nos llama “vendidos”, por eso se va a TikTok a informarse con un muchacho que grita más duro. Y nosotros respondemos con columnas sobre “la crisis del periodismo”, como si la crisis fuera un
meteorito y no una suma de decisiones pequeñas: no llamar, no contrastar, no esperar cinco minutos. Recuperar la credibilidad no es un seminario. Es volver al oficio: levantar el teléfono, ir al lugar, preguntar el nombre completo, leer el documento, dudar del video perfecto. ¡Hacer reportería! Es entender que “no tenemos confirmación” también es noticia. Es preferir llegar de segundo con la verdad que de primero con la mentira. Porque si el periodismo se vuelve eco de la cadena de WhatsApp, entonces sobramos. Que informen los grupos familiares. Que titule la tía. Nosotros, si vamos a seguir aquí, tenemos que ser el freno, no el acelerador del chisme. Las noticias falsas caminan porque nosotros les abrimos la puerta. Cerrarla cuesta: cuesta clics, cuesta pauta, cuesta el regaño del gerente. Pero cuesta más no cerrarla: cuesta el oficio entero. Y sin oficio, colegas, nos volvemos lo que juramos combatir: simples repetidores de ruido. La próxima vez que el dedo le pique por publicar, respire, llame, verifique. Y si no hay con qué, guarde silencio. El silencio, en este ruido, también es una forma de informar.



