La ciudad despierta cada mañana con el sonido de miles de personas corriendo apresuradas a sus empleos o estudios; sin embargo, en la autopista, el paisaje solo muestra el fracaso de Metrolínea, un sistema que en antaño se proyectó como símbolo de progreso y modernidad, pero hoy no es más que un cementerio de metal que atraviesa la ciudad.

Este colapso del sistema masivo de transporte de Bucaramanga no es solo visual; es un problema que viene desde la raíz, su estado financiero. El Informe de Gestión Anual 2025 de la entidad muestra un panorama desalentador: más de 323 mil millones de pesos en deudas, una carga económica que obstaculiza cualquier plan de recuperación de la infraestructura.
El Plan de Desarrollo Municipal 2024-2027 cataloga la situación como un reto crítico de movilidad, enfatizando que el deterioro de las estaciones no solo afecta al servicio, también impacta negativamente la seguridad, el entorno urbano y el tráfico en las calles.
Para Ricardo Fuerman Albarracín, subgerente de la empresa de transporte Lusitania, el error no es algo que surgió con el paso del tiempo; fue una mala planeación desde el comienzo. «Hicieron un copy-paste del Transmilenio en Bogotá y acá en Bucaramanga no funciona igual el servicio”, afirmó el directivo, lo que evidencia que no se tuvieron en cuenta las necesidades geográficas, sociales y económicas de la capital santandereana.
Mientras para algunas personas el abandono de Metrolínea los empujó al transporte informal, para otros movilizarse en lo que queda del sistema se convirtió en un calvario. Juan Sierra, usuario habitual del servicio, describe las dificultades a la hora de tomar un bus: «Uno llega a San Andresito y siente que está en una zona de guerra; ya no hay donde refugiarse del sol o la lluvia», relata con frustración.
Pero este calvario no sale de la nada, se origina directamente en las cuentas de Metrolínea. Desde su perspectiva como contadora pública, Lorena Rivas sostiene que la crisis económica impide cualquier plan de mejora. «La carga prestacional y los intereses de la deuda están asfixiando cualquier posibilidad de reinversión», señala la profesional, validando por qué el mantenimiento de las estaciones destaca por su ausencia.
Sin embargo, el deterioro de las estaciones no solo afecta al servicio y a quienes se ven obligados a utilizarlo; es un problema que se extiende a las vías, así lo advierte Nelly Alejandra Escobar, especialista en geotecnia vial y pavimentos. «El deterioro de la malla vial en las zonas de las estaciones abandonadas acelera la degradación de los pavimentos adyacentes», concluye Escobar.

El desmantelamiento se hace evidente al recorrer la autopista. De las 11 estaciones centrales que se construyeron, solo 4 permanecen parcialmente activas, todas ellas mostrando claras señales de deterioro y vandalismo. Las demás estaciones se han convertido en monumentos al abandono donde se ha registrado la pérdida total del cableado.

Frente al centro comercial Jumbo, en Floridablanca, las paradas no son más que estructuras vacías que fragmentan la vía; los paneles desaparecieron hace años y solo quedan los esqueletos de acero. En La Rosita, por su parte, al igual que en la mayoría de las estaciones centrales, solo podemos encontrar restos de lo que alguna vez fue una operativa parada.

Esta problemática estructural fortaleció el auge de las motocicletas y servicios informales como las plataformas y mototaxismo. De acuerdo con Fuerman, «Aquella persona que compra moto muy difícilmente vuelve a utilizar el sistema»; para muchos bumangueses, la moto no fue un lujo, fue la única respuesta ante un servicio que los dejó varados en estaciones fantasma.
Bucaramanga y sus habitantes se acostumbraron a vivir con estos cadáveres de hierro. Mientras en los escritorios oficiales se habla de liquidaciones o nuevos buses, el ciudadano sigue ahí, parado en una estructura oxidada y sucia, confirmando que, en la ciudad bonita, lo menos bonito es transportarse.



